Se suponía que no debía hablaros de Cape Reinga hasta el final de mi viaje, una vez hubiera acabado con todas mis historias. Debía ser así por la simple razón de que como cualquier gran maestro, hay que dejar las buenas cartas para el final, guardando un as bajo la manga. Sin embargo, viendo que una gran amiga lo está pasando mal, debo trasladarla nuevamente a un punto en el que la veía feliz. Aunque físicamente no pueda llevarla hasta allí, estoy seguro de que con sólo cerrar los ojos será capaz de sentir la brisa acariciar sus prominentes mejillas.
Faltaban menos de 48 horas para decirnos adiós por cuarta vez y lejos de entristecernos, disfrutábamos del tiempo que nos quedaba; a pesar de saber perfectamente que era la última vez que veríamos la sonrisa del otro hasta que el futuro depare una nueva oportunidad. Así es como deberíamos actuar siempre. Olvidar el mañana para aprovechar el presente como se merece. Más adelante tendríamos todo el tiempo del mundo para estar tristes, lo que no podíamos hacer era permitirnos el lujo de no sentirnos afortunados por compartir la experiencia. Allá, en la zona más bondadosa de todo el país.

















