Muchos amaneceres se han ido sucediendo antes de poder encaramarme de nuevo al origen de mi travesía, allá donde una señora que vendía flores se paró para hablar conmigo por el mero hecho de estar contemplando un hermoso edificio. Por aquel entonces no sabía cómo eran las gentes de Nueva Zelanda pero sí que podía apreciar una cálida mirada en cada gesto. Aún hoy, siento que me encuentro en la misma latitud respecto a ell@s. Al fin y al cabo, los estereotipos no hacen más que dañar a las personas y uno debe tener muy presente el simple hecho de que si todavía no se conoce a sí mismo (quien lo afirme es que está mintiéndose deliberadamente), no será capaz de comprender a quienes le rodean.
Cabizbajo, las yemas de mis dedos pulsan erráticamente unas teclas que jamás volverán a ser cabalgadas; no, al menos, desde donde he vivido estos últimos 6 meses. Sin darme cuenta, mañana me despertaré al otro lado del charco, con la misma mueca y los mismos ojos achinados de siempre al sonreír. Quien vuelva a encontrarse con este objeto perdido, sujeto fugitivo del trastero al que nunca se le presta atención, podrá intuir los cambios sufridos en mi persona. Se encontrará con alguien cuyos valores se han reforzado, cambiado o reciclado para el actual momento en el que se encuentra. Se topará de bruces con una persona cuyo pasado será recordado siempre para mantener su estima igual en el presente.